jueves

Estómago



El lugar común lo tiene por invento contemporáneo que sólo concierne a la clase media sofisticada o esnob. Nada más erróneo. El naturismo fue una doctrina ampliamente difundida desde finales del siglo XIX en Occidente y fogoneada, en especial, por los anarquistas, siempre preocupados por mejorar la calidad de vida de los trabajadores. Distintas vetas confluían en esa olvidada ecología social de los pobres: ideales existenciales de “buena vida”; la propaganda de la alimentación “proteínica-racional” en los barrios obreros; la difusión de la “biofilia”, el nudismo y el vegetarianismo; la creación de centros de medicina natural; la promoción de la “procreación conciente”; en suma, el naturismo como ideal de vida social. No faltaron, entre los anarquistas, comunas y restaurantes vegetarianos ni tampoco piquetes contra carnicerías. A sus escuelas, también llamadas “racionalistas”, la vivisección les era ajena; por el contrario, en ellas se enseñaba la vida de la naturaleza por medio de paseos por la ciudad destinados a identificar y escuchar a los pájaros, o bien inspeccionando los prósperos nichos de insectos bajo las baldosas. Un equilibrio posible entre existencia e historia olvidado hacia 1930. Vegetarianismo y anarquismo no conformaron una excentricidad ideológica sino una alianza entre política y cultura popular. Los pobres siempre se han nutrido de vegetales, pues la carne animal (conejos, jabalís, ciervos, ostras, faisanes, además de las reses) fue, y sigue siéndolo, un privilegio de ricos. En Occidente la práctica del vegetarianismo no tiene más de dos siglos, pero en China y en India hace miles de años que la comida está preparada a base de vegetales. Por cierto, los hindúes reverencian a las vacas, pero no dejan de ordeñarlas. Sin embargo, la necedad no deja de expandirse: el ganado necesita de alimento proveniente de tierras de cultivos que podrían ser usadas para nutrir a la especie humana con proteína vegetal; se destruyen bosques para hacer lugar a tierras de pastoreo; y las flotas pesqueras capturan un cincuenta por ciento de pesca inservible que sucumbe en el buque-factoría. Si se considera que los vegetales producen diez veces más proteínas que la carne cabe concluir que la industria de la proteína animal no colabora en la disminución del hambre en el mundo. Sólo un boicot podría detener esta trituradora.

Fragmento de un ensayo titulado La mecanización del Cadaver.
Escrito por Christian Ferrer para El Ojo Mocho nº 18. Buenos Aires, 2004.

viernes

La Fiesta del Imperio


“¿Quién nos convenció de que la música de protesta era grasa?”, preguntaba el cantautor Gabo Ferro, hace poco más de un año, en una entrevista para el canal Ciudad Abierta, y al hacerlo intentaba echar un poco de luz sobre la carga ideológica que atraviesa a la lírica pop actual. Los efectos de una generación despolitizada calaron hondo en el imaginario cultural aunque siempre hubo grupos que resistieron, al menos desde lo discursivo como Mano Negra y Todos Tus Muertos, por nombrar dos de sus principales exponentes. De las entrañas de ese sub-género emerge este año el disco debut de Imperio Diablo, un grupo que combina con mucha lucidez sonidos de la música tradicional andina con reggae, hip hop, dancehall y música electrónica.

Trombón, percusión, trompeta, acordeón, sikus y charango son sólo algunos de los instrumentos que dan forma a este combo festivo que propone el baile como modo de resistencia y utiliza las letras no sólo con un fin concientizador sino también como postales de la cultura popular latinoamericana. Así, aparecen gemas como Rebelión Aymara, un reggae tan impecable como actual que no tardó en musicalizar la espectacularización mediática del conflicto boliviano. Por su parte Diablada, la segunda canción del disco, deslumbra por su descripción de las fiestas populares y articula con sutileza el hip hop y la cumbia, a la vez que Cecilia Wara, charanguista y una de las voces principales ensaya un timbre que la deja cerca de íconos bailanteros como Lía Crucet ó Gladys “la bomba tucumana”.

Para la realización de este primer trabajo, el grupo de Paternal, contó con la colaboración de Ciudavitecos, banda que les ofreció grabar en su estudio, y como Evita cumple, Perón dignifica, la masterización estuvo a cargo de Goy, líder indiscutido del rasta-punky-party local y por supuesto, de Karamelo Santo.

Como en todo álbum debut, la banda plasmó el trabajo desarrollado desde sus inicios allá por 2005, y si bien la producción de las bases demuestra un oído afilado y minucioso, la cantidad de instrumentos y la pomposidad de los mismos a veces juega en contra y da un efecto de sobrecarga o falta de síntesis. Una suerte parecida corre el arte del CD que cuenta con un diseño muy cuidado, de esos que hacen valer el ejemplar original, pero que redunda de colores y símbolos.

Con un inevitable futuro de éxitos por delante, Imperio Diablo, llama la atención sobre las infinitas posibilidades que ofrece la música andina para bailar y matizar los ritmos embasados que se importan desde los otros imperios, los del norte. No están solos en esta táctica de resistencia cultural, comparten las armas con Fanfarrón, Semilla, El Hijo de la Cumbia y Un Kuartito, entre otros. Juntos, “van por un camino de asfalto y van más bien por sus costados”, como dicen en la letra de Fiesta en el Interior. A no perderlos de vista.


Video de la canción Bailar: